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Voces de la Campaña

Publicado el 22 diciembre 2016 en Noticias,Sociedad

Hubo una vez una casa que se convirtió en escuela, unos desconocidos que mutaron en familia, cinco cubanos que aprendieron a leer y escribir. Corría el año 1961. En el poblado de Levisa, en Nicaro, una familia recibe la buena noticia, que se llamó Teresa Puig Banda, alfabetizadora Conrado Benítez de 14 años de edad.

Llegada la hora de las clases, parecía que nada era más importante que el halo de luz que proyectaba el farol, los sonidos emitidos por la maestra con insistencia, su mano segura sobre la otra mano que apunta toscamente los primeros trazos, el mundo que empezaba a ser más interesante, en la medida que las mentes se esforzaban en aprender.

De a poco, la casa se convertía en un faro de esperanza multiplicado hasta los parajes más recónditos de Cuba. Había comenzado la Campaña de Alfabetización, una de las más grandes movilizaciones sociales de la Revolución Cubana.

Meses antes, ella abordaba diariamente el tren que la conducía a la escuela rural Cruz Almaguer López en la localidad de Herrera, en su natal municipio holguinero de Cueto. Cursaba el quinto grado, cuando un día llegaron al aula unas personas que informaron sobre el llamado para alfabetizar. Al unísono, todos los alumnos levantaron la mano en señal de aprobación.

Sin embargo, cuando Teresa llegó a su casa encontró la negación de su madre. «Pero cómo no voy a alfabetizar si soy hija de un obrero, de un campesino, de una familia humilde y revolucionaria», se preguntó para sí, y lo repite ahora en voz alta luego de 55 años, cuando convido a volver sobre sus recuerdos.

Pero hay respuestas que solo se encuentran en las acciones cotidianas, en dejarse arrastrar por lo que dicta una idea, o lo que dicta el corazón. A la llegada de su padre después del trabajo le estampó un secreto al oído: «Necesito que me firmes la planilla, porque yo me voy a alfabetizar».

Una vez aprobada su solicitud, recibió en el Campamento de Varadero la preparación para trabajar con las cartillas y manuales, y todo lo necesario para partir a las montañas. «Fue una sorpresa para mí, que nunca había salido de mi casa.

A lo que más miedo le tenía era a encender el farol, pero nos enseñaron todo y aprendimos rápido. En una semana regresamos a Oriente listos para enseñar».

Así sucedió. En la parte más empinada de esa zona del oriental municipio de Mayarí, en Holguín, donde Teresa impartió clases, se vio ondear una bandera roja atravesada por un listón blanco donde rezaba: Territorio Libre de Analfabetismo. Y Teresa está allí para vivirlo, para contarlo después.

«La contemplábamos con la alegría y el orgullo de haber cumplido con Fidel. Fue un día de regocijo, de mucha festividad», asevera.

El 22 de diciembre de 1961, en la Plaza de la Revolución, ella está presente y trata de acercarse para tener bien de cerca al Comandante. Pero la multitud se lo impide.

Hoy, su nieta observa esa foto histórica y le pregunta cuál de todas es ella. «Puedo ser cualquiera, pero lo más importante es que yo estaba allí. Ese día le preguntamos a Fidel, ‘dinos qué otra cosa tenemos que hacer’, y él nos contestó ‘ahora tienen que estudiar’», le cuenta.

Su nieta la contempla con honra. Ella dice que la Campaña de Alfabetización fue una fuente inagotable de formación de valores, desinterés, altruismo de los cubanos.

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Mi queridísima hija: Te escribo estas líneas horrorizada por el crimen del joven brigadista. Cuídate mucho, al igual que todos los demás…, escribe una madre angustiada tras conocer la noticia de la muerte del brigadista Conrado Benítez.

Marieta Biosca Ádan lee la carta entre la emoción y el espanto. Todavía hoy, cuando extrae de sus archivos reliquias como la misiva de su madre, la libreta de su mejor alumno o fotografías tomadas en medio de la Campaña, cuesta hablar de un crimen tan horrendo. Sin embargo, son más las alegrías cuando se refiere a la gesta que protagonizó.

A la localidad de Bainoa llegaron ella y la profesora norteamericana Marjorie Moore —quien se brindara voluntariamente a colaborar en las labores de alfabetización— junto a otra treintena de maestros, para impartir clases en una escuelita rural ubicada en medio de un campo de maní.

De aquellos momentos recuerda, por ejemplo, el día que descubrieron que a sus alumnos le costaba trabajo el aprendizaje por la falta de visión. «Enseguida lo informamos, hubo un gran movimiento y a todos le midieron la vista y le pusieron espejuelos», comenta.

Y es que con solo 20 años —edad que tenía cuando comenzó a alfabetizar— ya había vivido los horrores de la pobreza y ello la convenció de que «debía aportar algo a la sociedad». «Mi papá era médico rural en el central azucarero Jaronú, en Camagüey.

Allí conocí la fuerte pobreza, de las colonias de caña, de los haitianos y jamaiquinos que venían a hacer la zafra y vivían en barracones horrorosos, insalubres, donde los niños no tenían zapatos y eran analfabetos todos. Allí vi el desalojo de una familia a la que le quitaron todo», asevera.

Por eso Marieta admite con orgullo que logró enseñar a seis campesinos. «La Campaña de Alfabetización produjo un maridaje entre la ciudad y el campo. Si ellos aprendieron —dice refiriéndose a los alfabetizados—, nosotros también aprendimos muchísimo; sobre todo, a que la gente humilde tiene mucha sabiduría, y que en el campesinado está la base del desarrollo de un país».

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Mientras René Fuentes trabaja el cam­po en una finca entre Güira y Alquízar, su mente se encuentra en otra parte. Él sueña con ser maestro, aunque a sus 21 años no haya asistido a una escuela, y tampoco su país cuente con una política institucional encaminada a la educación. Ve pasar a los jóvenes que pueden darse el lujo de estudiar en el pueblo y los envidia, pero siente la impotencia de que nada puede hacer al respecto. Hasta el día que llegó la alfabetización.

«Me entero que hay una maestra que está enseñando a leer a todo el que quiera. Yo ni siquiera había escuchado a hablar de la Campaña. Pero me presenté en la escuela y fui aceptado. La maestra se llamaba Miriam Duque, y solo tenía 16 años».

Su aula la adornaban cuadros de Carlos Manuel de Céspedes, Maceo, Martí, y también una alfabetizadora que René recuerda «alta, delgada, atenta, cándida, afable».  Fue ella quien terminó por cultivar el germen del magisterio y la lectura, ese que le hizo vivir «el momento más feliz de aquellos años», cuando pasó una noche entera leyendo un libro de Antonio Maceo, en las Fuerzas Armadas Revolucionarias.

—¿Y el momento más triste?, pregunto.

—Cuando empezaron a asesinar a los alfabetizadores», responde sin dudar.
Años más tarde, en un aula de secundaria básica, René impartiría cla­ses a la hija de la maestra que lo alfabetizó, y fue esa otra de las satisfacciones más grandes que le brindaría la Campaña. «De esa forma contribuí con el principio martiano de que aprender es también ayudar con lo que has aprendido al desarrollo de los demás».

Y si de orgullo se trata, la palabra recuerda a René aquel encuentro su­yo con Fidel, cuando dejó a un lado el magisterio para trabajar en la construcción del recinto ferial ExpoCuba. «De pronto veo a aquel hombre parado detrás de mí preguntando sobre técnicas, y yo le expliqué que era profesor de una escuela movilizado para esa tarea. Él iba todas las tardes a chequear el trabajo. Ver frente mí al promotor de aquella idea de enseñar a leer y escribir en un año era sentir una gran emoción y el impulso para seguir adelante. Fidel significa Cuba», arguye.

—¿Y la Campaña de Alfabetización?

—La Campaña de Alfabetización significó para mí nacer, y después existir.

(Con información de Granma [1])


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