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¿La “ayuda humanitaria” cura el hambre?

23 Diciembre 2017 Haga un comentario

Por: Misión Verdad

En estos países, en los que la injusticia estructurada por el orden global genera exclusión y caos, se han disputado los intereses hegemónicos mundiales a costa de desconfigurar regiones enteras por el desplazamiento y los genocidios. La “ayuda humanitaria” se ha vendido como una solución para distintos países en situaciones de dificultad, sin embargo son las consecuencias las que se encargan se romper el velo de las buenas intenciones, dejando a este tipo de “ayuda” como un método de intervención militar, saqueo y sometimiento prolongado.

Somalia en el caos y la desesperanza vigente

Entre pobreza extrema y una guerra civil desde 1990, sobre Somalia se ejerce una de las peores hambrunas de la historia de la humanidad que, según la Cruz Roja, ha podido llegar a matar a 1 millón y medio de personas. Cálculos no oficiales estimaban que unas 300 mil personas podían haber muerto a solo dos años de la guerra en una población que actualmente roza los 14 millones de personas, bastante homogénea (al contrario que la de su vecina Etiopía) de etnia somalí en un 85%, el restante 15% está compuesto por etnias dispersas, como los bantúes y árabes.

Según algunos analistas, el factor fundamental para desestabilizar al país fue la devaluación de la moneda nacional dictada por el Fondo Monetario Internacional (FMI), la importación de alimentos presentada como ayuda de Occidente, la obligación impuesta por el Banco Mundial (BM) de aplicar leyes de mercado, lo que resultó en abandono de los cultivos de subsistencia, destrucción de sus sistemas tradicionales en ganadería, reducción del presupuesto de sanidad (78%, entre 1975 y 1989), del de educación de 82 dólares al año por niño en 1982 a 2 dólares en 1986 y, por supuesto, aumento de la deuda -por lo tanto de la dependencia- con los bancos occidentales.

Funcionarios del gobierno del dictador Mohamed Siad Barre, aliado de EEUU, se apropiaban de 80% de la ayuda alimenticia internacional mientras dicha potencia, solo entre 1981 y 1989, le vendió armas al dictador por un valor de 200 millones de dólares. Cerca de dos tercios de los campos petroleros de Somalia habían sido asignados a las transnacionales de EEUU: Conoco, Amoco y Chevron que habían estado allí desde 1952.

En 1993 EEUU invadió Somalia con 30 mil marines en una operación militar llamada “Restaurar la esperanza”, con fines “humanitarios”. Conoco Somalia Ltd. fue la única transnacional importante que mantuvo una oficina activa en la capital Mogadiscio antes y durante la invasión. La empresa cedió sus infraestructuras e instalaciones en Mogadiscio para que fueran utilizadas como embajada y cuartel general temporal del convoy especial de las tropas norteamericanas.

Esta operación fue presentada por EEUU, la ONU y la corporatocracia mediática como “humanitaria”, la narrativa de una misión de ayuda internacional que estaba dirigida únicamente a alimentar legiones de hambrientos fue difundida como una película, la operación multinacional en la que estaba incluida Francia terminó en un cuento de heroicos marines de EEUU.

La invasión “humanitaria” contrastaba con el desastre creciente en toda África provocado por potencias que roban sus recursos y financian guerras intestinas, se obvió explicar cómo los fondos destinados a la “ayuda humanitaria” se invirtieron en la construcción de una zona bunkerizada para el personal de EEUU y la ONU, tampoco que las bombas destruyeron infraestructuras vitales y que su primer objetivo fue silenciar a los medios de comunicación, además de otros objetivos civiles como fábricas, hospitales y locales de organizaciones humanitarias.

La relación del Pentágono con los Señores de la Guerra (Warlords) agudizó la situación en Somalia a comienzos de este siglo. Durante los 16 años que dominaron el país, lo dividieron en feudos, lo hundieron en el caos, en una creciente miseria, en la violencia y el desorden, además de someterlo a una conveniente dependencia.

Para 2006 unos 3 millones de somalíes habían salido del país, fundamentalmente hacia los países limítrofes: Etiopía, Djibuti y Kenia, la mayoría de la población residente encabezada por la Unión de Cortes Islámicas (UCI). El hambre y la crisis santinaria en el país africano era 10 veces peor que al principio de la guerra, cuando supuestamente la “ayuda humanitaria” iría a curar estas heridas.

En poco tiempo la UCI (también llamados Tribunales Islámicos) lograron llevar la ley y el orden a todo el país, eliminaron las drogas y las armas de las calles, hicieron accesibles los servicios básicos de atención sanitaria y educación, aportaron estabilidad a la sociedad civil, se aseó la ciudad, los puertos marítimos y los aeropuertos volvieron a abrirse para el tráfico comercial, etc.

El gobierno de Bush la incluyó en listas, sin ninguna evidencia de que Somalia albergara a terroristas de Al Qaeda y mucho menos que representase una amenaza para su seguridad. Creó el Grupo de Contacto Internacional sobre Somalia y encabezó a comienzos de 2007 una intervención desde Etiopía. El Teniente Gral. Guillermo G. (“Jerry”) Boykin, Subsecretario de Defensa para la Inteligencia que ordenó el ataque, argumentó que “el Dios de un jefe militar musulmán somalí era un ídolo y mi Dios es el verdadero Dios”.

Hoy en día el financiamiento de la Usaid al Cuerno de África es de 1 mil millones de dólares. En abril de este año el ejército estadounidense desplegó decenas de soldados en Somalia para entrenar a las fuerzas que combaten al grupo militante islámico Al-Shabab, derivado de los Warlords y estrechamente vinculado a Al Qaeda, en el mayor despliegue de tropas en el país desde 1993, cuando 18 soldados estadounidenses murieron en una batalla dramatizada en la película Black Hawk Down (Caída del Halcón Negro).

En octubre pasado un atentado bomba contra un hotel y un mercado de la capital, Mogadiscio, obra del grupo terrorista Al Shabab, dejó un saldo de casi 300 muertos en Mogadiscio.

Haití y la deuda odiosa

Si un “patio trasero” ha tenido EEUU ha sido Haití, que fue su fábrica de azúcar al explotar los monocultivos de la caña. Este robo indirecto mediante la compra de materia prima barata cambió de nivel en 1914 cuando el National City Bank de Nueva York, como se llamaba entonces Citigroup, tenía a Haití como uno de sus primeros proyectos internacionales. Con apoyo y presión del Departamento de Estado disputaba el control del Banque Nationale de la République d’Haïti con el francés Banque de l’Union, que era el accionista mayoritario.

Soldados enviados por el presidente estadounidense Woodrow Wilson tomaron control del banco y ordenaron la transferencia de 500 mil dólares de las reservas de oro de la República a las bóvedas de National City en Wall Street en Manhattan. El oro fue empacado por los marines en diciembre, marcharon a los muelles de Puerto Príncipe y se envió a bordo del USS Machias a Nueva York.

Ningún mandatario haitiano terminó su mandato de siete años entre 1888 y 1915, diez de ellos derrocados. Tras la invasión de EEUU en 1915, iniciada con el asesinato del presidente haitiano Jean Vilbrun Guillaume Sam, se reformó la Constitución de Haití para permitir que extranjeros fueran dueños de propiedades haitianas y así les fueron arrebatadas las tierras a los campesinos para crear grandes plantaciones.

Los marines hicieron una campaña de “pacificación” a lo largo del campo haitiano para reprimir un levantamiento contra la ocupación liderada por los cacos, que eran guerrillas campesinas. Dejó miles de muertos e incontables otros torturados, mutilados o sin hogar, mientras que el líder del caco Carlomagno Peralte fue asesinado.

Luego de adiestrar al sanguinario Ejército Nacional, los ocupantes y el National City Bank de Nueva York salieron de Haití en 1934. A partir de 1950 con la ola “anticomunista”, EEUU impulsó la dictadura de François Duvalier “Papa Doc” y la continuidad que le dio su hijo Jean-Claude Duvalier “Babee Doc”, en 1971, quienes crearon su propio ejército de asesinos, los Tonton Macoutes. Durante esos 30 años de dictadura fueron asesinados unos 50 mil haitianos. Entre 1970 y 1980 acogió humanitariamente a los inmigrantes haitianos que llegaban por mar pero, dado lo sostenido de la situación, empezaron a devolverlos a su país de origen.

Al salir de la dictadura, Haití fue vapuleado políticamente e hipotecado económicamente mediante la llamada ”deuda odiosa” o deuda ilegítima, adquirida por el gobierno contra los intereses de los ciudadanos. Luego del ascenso y caída de Aristide ocurrió el terremoto en 2010, en el marco del cual el FMI dio un préstamo de 114 millones de dólares que debía comenzar a ser reembolsado después de un período de gracia de cinco años y medio.

El terremoto de Haití en enero de 2010, de 7,3 en la escala de Richter, ocasionó la muerte de 222 mil 570 personas, dejó a 1,5 millones de personas en la indigencia y pérdidas materiales calculadas en 7 mil 900 millones de dólares. Fue causa de una nueva invasión por parte de EEUU que tomó el control de operaciones del país con la excusa humanitaria y junto a la Organización de las Naciones Unidas (ONU) instaló una misión en Haití (MINUTASH) con más de 7 mil uniformados, entre soldados y policías.

Hay más de 480 denuncias registradas entre 2008 y 2013 contra la misión de los también llamados “Cascos azules” o “Policías de la paz” que envió la ONU a Haití y Liberia, procedentes de diversos países, debido a que intercambiaban mercancías de primera necesidad por sexo, en un contexto de hambruna y desesperación. Además las fuerzas de paz de la ONU fueron demandadas por haber introducido inadvertidamente el cólera en Haití a fines de 2010; la enfermedad mató a más de 8 mil 300 personas y enfermó a más de 650 mil desde octubre de 2010. Eso es casi el 7% de la población.

Las tropas estaban estacionadas cerca de un afluente del río Artibonite (el más largo de la isla) y descargaron aguas residuales sin procesar que transportaban una cepa de cólera a Haití, lo que provocó la epidemia según la demanda. La ONU dijo que no pagarían cientos de millones de dólares en indemnizaciones reclamadas por las víctimas del cólera en Haití, alegando que es inmune a las demandas que surgen de los daños causados en el curso de sus actividades.

Por otra parte, países de todo el mundo, grupos privados y filantrópicos como la Cruz Roja y el Ejército de Salvación proporcionaron unos 10,5 mil millones de dólares en ayuda, con 3,9 mil millones de dólares provenientes de EEUU, pero muy poco de este dinero realmente llegó a los pobres en Haití tras ser administrada por el ex presidente estadounidense Bill Clinton y la entonces Secretaria de Estado, su esposa Hillary Clinton. Costosos proyectos de reconstrucción, viviendas inhabitables y carreteras innecesarias donde los fondos danzaron entre fundaciones, constructoras, el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), el Departamento de Estado y la OEA.

La deuda externa de Haití se estima en unos 890 millones de dólares, de los cuales el 41% corresponde al BID, su mayor acreedor, y el 27% al BM.

Venezuela ha sido de los primeros en otorgar apoyo de manera simultánea a países afectados durante la pasada temporada de huracanes, entre ellos Haití a través del eje ALBA-Petrocaribe como punto clave de apoyo a la región caribeña. Un país devastado por la “ayuda humanitaria” y la intervención de EEUU y la ONU.

Sudán del Sur

Compleja es la historia del intervencionismo humanitario en África, sin embargo un punto clave es que en 1998, cuando Clinton y Al Gore bombardeaban en Sudán una fábrica de medicamentos, de nuevo con la excusa del terrorismo, se creaba la Iniciativa Estadounidense de Respuesta a las Crisis Africanas (ACRI).

Con la excusa de realizar “misiones humanitarias” se desarrolló un amplio programa de entrenamiento militar con varios países africanos. la administración Bush en 2001 cambió su nombre por “African Contingency Operations Training and Asístance” y duplicó su presupuesto. En 2005 ya se planteaba oficialmente la formación de 40 mil militares africanos en los cinco años siguientes. Los entrenamientos incluyeron, además de Etiopía, a Uganda, Malawi, Ghana, Senegal, Costa de Marfil, Benin, Malí y Kenia.

Las antiguas luchas tribales, religiosas o étnicas, o las crisis económicas y financieras locales, son usadas para encubrir los intereses de los grandes capitales internacionales que las articulan con los gobernantes, políticos o militares impulsados por servicios de inteligencia de las potencias interesadas, así toman posesión de la explotación de sus recursos naturales: petróleo o minerales como el uranio, coltán, oro y esa larga lista que todos tan bien conocemos.

Para esto EEUU ha venido aumentando su intervención militar directa e indirecta mientras se agrava un conflicto como el que dividió en dos a la nación africana del Sudán.

La República de Sudán del Sur surgió como tal en julio de 2011, después de que el Estado-nación más grande de África, la República de Sudán, se dividiera por intereses del gobierno de EEUU que respaldó a Juba (Sur) en su lucha política y armada de dos décadas contra Jartum (Norte), en la que murieron alrededor de 1,5 millones de personas. Desde la división del país, ha habido conflictos continuos entre los dos gobiernos sobre demarcaciones fronterizas, acusaciones de apoyo a grupos rebeldes en los respectivos Estados y sobre la explotación, exportación y distribución del petróleo, el principal generador de divisas en ambos países.

Dentro del propio Sudán del Sur, una población formada por 500 etnias y con más de 110 idiomas, los problemas se han intensificado desde el año 2011 a causa de la asignación de cargos gubernamentales así como por denuncias de corrupción y abuso de poder generalizado. El presidente Salva Kiir (etnia dinka) acusó al ex vicepresidente Riek Machar (etnia nuer), quien fue despedido en julio de 2013, de intentar un golpe de Estado contra su gobierno y arrestó a algunos de los principales políticos del país. Un fraccionamiento en el oficialista Movimiento de Liberación del Pueblo de Sudán/Ejército (MLPS/E) se convirtió en un conflicto armado en el que EEUU financia a la oposición liderada por Machar.

En 2015 ambas fuerzas lograron alcanzar un acuerdo conformando un gobierno de unidad nacional, pero en 2016 al romperse el pacto de paz la violencia resurgió ocasionando grandes estragos a casi 12 millones de personas.

La administración Obama envió decenas de tropas del Pentágono supuestamente para evacuar a los ciudadanos estadounidenses y ayudar a las fuerzas de mantenimiento de paz y operaciones humanitarias de la ONU. Miles de “Cascos azules” de la ONU se han movilizado hacia Sudán del Sur, provienen casi todos de la vecina Etiopía y forman parte del ejército etíope, el mismo que ha invadido repetidamente Somalia actuando bajo las órdenes de EEUU. Antes invadió Eritrea y también ha perpetrado un genocidio/contrainsurgencia en el sureste de Etiopía.

Hoy Sudán del Sur tiene 2 millones de refugiados, de los cuales 63% son menores, el número de desplazados internos asciende a 1,7 millones de personas que se encuentran al borde de la hambruna en todo el país, 1,1 millones de niños sufren desnutrición aguda y más de 5 millones de personas carecen de agua potable. Estos son los resultados de la “ayuda humanitaria” vía intervención de EEUU, que deberían servirnos de ejemplo hoy en Venezuela.

Enfermedades como el sarampión, el cólera o la malaria brotan generando la necesidad de una atención médica urgente afectada por las deficiencias y escasez del sistema sanitario. Según un informe de la ONU, el 72% de las mujeres refugiadas en los campos de protección para civiles de la capital han sido violadas. Unos 183 millones de dólares necesitará Unicef en 2018 para proporcionar ayuda de emergencia a niños y mujeres en Sudán del Sur. En 2017 la “ayuda humanitaria” para el país solo fue financiada un 33%.

***

Claramente hay intereses concretos por parte de corporaciones y sectores que han hecho de lo “humanitario” un negocio. Para ello se invierten esfuerzos propagandísticos que realcen la confrontación y la desesperación de la población en detrimento de la respuesta del Gobierno venezolano a los retos que imponen las sanciones.

Hay un patrón en cada caso, y es la sobreexposición de los factores motivantes mediante el relato de la crisis y luego la invisibilización de las consecuencias de la “intervención humanitaria”.

(Tomado de Misión Verdad)

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