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Martí y Fidel: La misma luz dos veces

28 Enero 2018 Haga un comentario

Por: Yunet López Ricardo

«Pero súbase el sombrero un poco, que así no lo veo», le dijo Fidel un día de 1976 a un hombre de memoria fresca que mecía sus más de 90 inviernos en un sillón de madera frente a él.

Entonces Salustiano Leyva, con agilidad de chiquillo, puso a la luz su frente y unos ojos chicos y oscuros como linternas gastadas que ya casi no veían, pero hacía muchos años habían detallado el rostro del hombre que el Comandante buscaba.

Por eso, ante las preguntas del que usaba siempre uniforme verde olivo, con exactitud de brújula nueva, el viejo volvió a sus 11 años y a la medianoche del 11 de abril de 1895, cuando despertó por unos golpes que asustaron la puerta del bohío donde vivía con su familia, muy cercano a Playita de Cajobabo, en Guantánamo.

Esa noche estaba más oscura que otras, y el niño, mirando a los extraños que su madre escondería en el monte, se impresionó mucho por aquel que se quitó el sombrero para saludarlos. «Era un hombrecito blanquito, de ojitos negros, lampiñito», decía hace ya 42 años.

Y así Fidel Castro, aquella tarde, se acercó un poco más a José Martí. Lo conocía desde mucho antes, tal vez por los tiempos en que en la escuelita pública de Birán aprendió algunos de sus versos, y aseguraría después, cuando a su «madera de héroe tallaba el artista» —como vaticinó el Padre Llorente—, que antes de ser marxista, fue martiano.

«Sentí una enorme admiración por Martí; pasé por un proceso previo de educación martiana, que me inculqué yo mismo leyendo sus textos. Tenía gran interés por sus obras, por la historia de Cuba, empecé por aquel camino», contó a la periodista y escritora Katiuska Blanco en el Tomo I del libro Fidel Castro Ruz: Guerrillero del Tiempo.

«Es difícil que exista algo de lo escrito por Martí, de sus proclamas políticas, sus discursos, que constituyen dos gruesos volúmenes, deben ser unas 2 000 páginas o algo más, que no haya leído cuando estudiaba en el bachillerato o estaba en la Universidad».

Fue el Maestro quien desde las letras le enseñaba a andar por los espinosos caminos de la política y la lucha, para que en 1953, en el año del Centenario de su nacimiento, aquel joven abogado no dejara morir sus ideas y guiara una generación de muchachos a las balas, las rejas, las aguas y los combates.

Lo que puede más que un ejército

«¿Quién es el autor intelectual?», le interrogó el fiscal, imaginando tal vez que su respuesta sería el silencio; pero Fidel respondió con seguridad: «El autor intelectual es José Martí».

Y esa declaración tenía lugar en medio del juicio al joven de 26 años por asaltar, junto a otros valientes, la segunda fortaleza militar del país. Ya no pudieron preguntarle más.

«Defendí la apelación a la violencia, a las armas, porque a ellas acudieron hombres como Maceo y Martí…, me aferré a la historia de Cuba», aseguraba.

Durante aquellos días, Fidel escribió una carta al tribunal denunciando un plan que pretendía su ausencia en la sala y, además, un intento de asesinato. En una de esas líneas estaba el Apóstol: «Tomé una frase de Martí para espetarles: “…un principio justo desde el fondo de una cueva puede más que un ejército”».

Y cuando regresó a aquella salita pequeña con muy pocas personas, alegó: «…Se prohibió que llegaran a mis manos los libros de Martí; parece que la censura de la prisión los consideró demasiado subversivos. ¿O será porque yo dije que Martí era el autor intelectual del 26 de Julio? Se impidió, además, que trajese a este juicio ninguna obra de consulta sobre cualquier otra materia. ¡No importa en absoluto! Traigo en el corazón las doctrinas del Maestro y en el pensamiento las nobles ideas de todos los hombres que han defendido la libertad de los pueblos».

Contaría después que el alegato era «una síntesis de ideas martianas y marxistas. Hay una continuidad de pensamiento de las ideas de Martí. Y si Martí fue capaz de tener aquel pensamiento en aquella época, hoy Martí sería marxista-leninista, sería comunista, no hay la menor duda. En su época y su entorno era imposible, pero era un pensamiento avanzado, luminoso. Asombra que un hombre en sus circunstancias fuera capaz de concebir ideas tan avanzadas como las suyas».

Fidel tenía en aquel José de palabra alumbrada un camino seguro. Aquella vez los injustos lo condenaron, como mismo a Martí siendo un jovencito de 16 años; pero en sus días en la prisión de Isla de Pinos, leyó sus libros cientos de horas.

Cuando ya estaba en libertad, el 7 de julio de 1955, antes de subir al avión que lo llevaría a México para entrenar y organizar las fuerzas del futuro Ejército Rebelde, en sus declaraciones a la prensa, dijo: «Como martiano, pienso que ha llegado la hora de tomar los derechos y no pedirlos, de arrancarlos en vez de mendigarlos. La paciencia cubana tiene límites».

Y una vez fuera de Cuba, buscó ayuda en los emigrados. «Viajé, efectivamente, por los lugares donde estuvo Martí: Nueva York, Filadelfia… Un poco imitábamos lo que había hecho Martí en su época, creando grupos; seguíamos la misma forma de organización, nuclear grupos de cubanos que apoyaran al Movimiento 26 de Julio.

«Fueron surgiendo los primeros grupos con aquellas familias simpatizantes, algo parecido a los clubes revolucionarios que tenía el Partido Revolucionario Cubano de Martí».

Y sería ese el Partido único que uniría siempre a los revolucionarios, pues continuó existiendo en aquel que Julio Antonio Mella fundó en 1925 y los otros que Fidel crearía al triunfo de 1959 hasta que en 1965 nació el que agrupa hoy a los comunistas del país.

La historia, con sus senderos y encrucijadas, en la similitud de sus hombres encuentra días de coincidencias. Y así, como Martí llegó en un bote a Cuba para seguir la lucha, en diciembre de 1956 lo hacía Fidel en el Granma por Los Cayuelos, una zona pantanosa cercana a las arenas y farallones de Playitas de Cajobabo.

La Sierra Maestra lo esperaba; y luego de muchos disparos haría realidad el sueño por el que Martí tanto luchó y salió al combate, a contraorden, aquel 19 de mayo de 1895.

Allí, en la Plaza de la Revolución en La Habana, ante su imagen inmensa de mármol blanco, hablaría muchas veces el Comandante en Jefe con su palabra viva, calmada y enérgica, que conmueve y convence, muy parecida a aquella con la que el Maestro movilizaba.

«Martí tiene una oratoria muy compleja, muy elegante, con imágenes verdaderamente bellas, pero no es fácil comprender sus discursos. Como he dicho otras veces: Martí vertía una catarata de ideas en un pequeño arroyo de palabras», comentaba.

Toda la gloria del mundo

Nunca se cansó de buscarlo aunque lo encontró muchas veces. Allí, donde llegó el Apóstol en el remo de proa, estuvo Fidel en 1976. «Imagino lo que tuvo que haber sido para él, quien no tenía experiencia de la guerra, que no era un hombre físicamente fuerte, que había dedicado su vida a un trabajo de organización, a la creación literaria, política, intelectual, de dónde encontró fuerzas para realizar una proeza semejante: remar, desembarcar, cargar con su mochila, su fusil, sus cien balas, caminar de noche por esos lugares donde nosotros, con mucho trabajo hemos llegado de día».

Y caminaba con su uniforme de la montaña por la arena, y miraba las piedras, el cielo, y no dejaba de pensar en aquel que había muerto unos 30 años antes de que él naciera y le había dejado un camino seguro y difícil hacia la libertad de la tierra que los recibió a los dos.

«Él mismo decía que de la felicidad que el hombre encuentra cuando está realizando una tarea como esa es que saca fuerzas», afirmaba Fidel y otra vez perdía la vista en la espuma y los rompientes a los que regresaría con un asta en las manos 19 años más tarde.

También era una noche oscura como esa en que Salustiano conoció a Martí. Según el historiador Eusebio Leal, solo se sentía el rozar de las olas sobre las arenas. «Y cuando llegó el momento, alguien pasó y le entregó la bandera. Entonces él, que estaba absolutamente absorto en el recuerdo de aquello, entró en el agua. Las botas entraron en el agua y la movió hacia los cuatro puntos cardinales».

Esas mismas franjas con la estrella única son las que descansan hoy sobre el Héroe Nacional y las que viajaron toda la Isla en el último viaje que hizo el Comandante.

Hace ya 165 años del nacimiento de Martí, solo uno y dos meses de que Fidel se fue. Siguen como siempre, uno cercano al otro, allá donde nace el sol, en el cementerio de Santa Ifigenia en Santiago de Cuba. El primero en un monumento alto, el segundo en una piedra con forma de grano de maíz, porque ahí, según presagió el Apóstol, es donde estaría toda la gloria del mundo.

Fuentes consultadas:

  • Blanco Castiñeira, Katiuska, 2012. Fidel Castro Ruz: Guerrillero del Tiempo. Casa Editora Abril.
  • Álvarez, Santiago, 1977. Documental Mi hermano Fidel.
  • Artículo Martí en Fidel, de Pedro Pablo Rodríguez, publicado en el periódico Trabajadores, el 10 de agosto de 2008.
(Tomado de Juventud Rebelde)
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