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Manglares: Vida entre la tierra y el mar

8 Febrero 2018 Haga un comentario

La ferocidad de los huracanes que azotaron el Caribe en septiembre fue un triste recordatorio de las vulnerabilidades del área, haciendo más vívida la preocupación por el cambio climático y la necesidad de adaptarse. La solución, una vez más, también puede encontrarse en los recursos que brinda la propia naturaleza.

Los manglares, por ejemplo, constituyen una barrera natural contra los huracanes, el ascenso del nivel del mar, y el avance de la salinidad hacia los acuíferos y las tierras de cultivo. Más de 60 por ciento de las costas cubanas están cubiertas por manglares, considerados los más representativos del Caribe insular. Sin embargo, han sido históricamente comprometidos por fuerzas antrópicas.

Desde el tiempo de la colonia estos ecosistemas han pagado el alto precio del desarrollo, con varios asentamientos en sus márgenes, el crecimiento de la actividad pesquera, la explotación maderera así como la reconversión de sus áreas para otros usos.

En Cuba, por su condición insular que la hace altamente vulnerable a los efectos del cambio climático, hay lugares donde la disminución del mangle rojo figura entre las causas más importantes del retroceso de la línea costera.

El mangle conforma la única formación boscosa que puede vivir en contacto con el mar. Sus raíces se anclan en forma de tenedor y penetran de manera profunda en los fondos arenosos o fangosos, donde se convierten en una potente barrera contra cualquier tipo de acción dañina de origen natural o humano.

La regulación jurídica para la protección de estas áreas se recoge en varios cuerpos legales, teniendo en cuenta que es muy difícil lograr la tutela jurídica de un ecosistema mediante una norma legal exclusiva, de forma total y absoluta. Destacan por su importancia la Ley 85 Ley Forestal, de1998 y el Decreto-Ley 212 Gestión de la Zona Costera del año 2000.

A mediados de 2010, el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente colocó a Cuba entre los países que trabajan para promover el crecimiento de los manglares con resultados favorables en su restauración. Aun así, los esfuerzos nunca sobran. Razón por la cual, entre las estrategias desplegadas por el Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente (Citma) para la adaptación al cambio climático y recogidas en la Tarea Vida, la recuperación de este recurso natural ocupa los primeros escaños de la lista.

Cómo traer vida al manglar

Quienes habitan al sur de las provincias de Artemisa y Mayabeque enfrentan todos los días la posibilidad de perder sus condiciones de vida, ser evacuadas o mudarse tierra adentro, debido a las recurrentes inundaciones costeras asociadas a las mareas y al paso de tormentas tropicales y huracanes. Por ser una zona costera degradada, es aquí donde los efectos de estos fenómenos generan mayores impactos socioeconómicos negativos.

Aunque cuentan con la diversidad de servicios que brinda el manglar, el estado de estos se ha visto gravemente afectado debido a la fuerte explotación del recurso y a la construcción de obras civiles que alteraron su funcionamiento.

Entre las causas de este deterioro pueden mencionarse la tala y extracción maderera –el potencial forestal de la antigua provincia de La Habana radicaba fundamentalmente en esta franja costera–, la introducción de especies exóticas invasoras, la expansión de la frontera agrícola, construcción de viales, viviendas y la obra hidrotécnica conocida como Dique Sur de La Habana, según recoge la destacada investigadora cubana Leda Menéndez, en el libro Ecosistemas de manglar en el archipiélago cubano.

En el año 2014, el Gobierno de Cuba y el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) firmaron el acuerdo de cooperación que sustenta el proyecto Manglar Vivo. La iniciativa, financiada por el Fondo de Adaptación al Cambio Climático, tiene un período de duración de cinco años y es implementada por la Agencia de Medio Ambiente y la oficina del PNUD en Cuba.

Sus promotores tienen el ambicioso objetivo de restaurar 7 318 hectáreas de manglares y áreas de bosque de ciénaga en ambas provincias, mediante la siembra directa y la recuperación natural. Entre sus intenciones está la de aprovechar el potencial ya probado de los bosques de mangle y los humedales costeros, para absorber el impacto de las olas y modificar la morfología de la costa.

De este modo, se amortigua la intrusión de agua de mar, mediante el anclaje de las raíces de los arbustos en el sustrato de limo-arena, lo que permite además atrapar los sedimentos y disminuir los efectos de la erosión costera. Este último es uno de los impactos más perjudiciales del cambio climático en la zona.

Por otro lado, disminuir la intrusión salina retrasará la salinización de las tierras agrícolas que colindan al norte con la franja costera y que suministran alimentos a la zona y a la capital de país.

Según declara el PNUD en su página oficial, los cálculos indican que el proyecto beneficiará directamente a 21 500 personas con la reducción de los impactos del cambio climático anteriormente citados, mientras más de 270 000 recibirán los beneficios derivados de la recuperación del manglar, como pueden ser el incremento de la seguridad alimentaria y los beneficios económicos directos de los productores agrícolas.

Allá en el sur

A solo dos años de cumplir la fecha límite trazada, se ha logrado concretar más de un 40 por ciento de lo proyectado inicialmente.

Los principales resultados están en la restauración de un aproximado de 1 144 hectáreas de mangle rojo, mientras unas 1 400 hectáreas de bosque han sido enriquecidas con especies autóctonas y manejo de la regeneración natural, entre las dos provincias.

Recuperar la salud del ecosistema –y por tanto incrementar su resiliencia– requiere la precisión de un cirujano. El primer paso es el restablecimiento del flujo hídrico, necesario para que el manglar crezca y se desarrolle, mediante la apertura y limpieza de canales. Luego se pasa a la siembra y, de ahí, a potenciar la regeneración natural del ecosistema, mientras se controla y aplaca el impacto de las especies exóticas invasoras, uno de los grandes problemas en esta área.

La sostenibilidad en el tiempo es siempre una preocupación en estos procesos, para lo cual se requiere un fortalecimiento de las instituciones que puedan hacer de estas acciones puntuales, un trabajo constante. Con este fin, el proyecto también ha ayudado con la compra de equipamientos y maquinarias necesarias para el trabajo forestal. Además, se ha capacitado a brigadas forestales sobre restauración de manglares y se ha promovido el manejo integrado costero y la adaptación al cambio climático mediante actividades educativas y de sensibilización.

Parte importante del proceso consiste en otorgar herramientas a quienes deben decidir, para que en la lógica costo-beneficio apuesten por este tipo de soluciones de restauración de los ecosistemas, en vez de por tecnologías antrópicas con mayor impacto medioambiental y costo económico.

Una de las vías más efectivas es, precisamente, poner a su alcance pruebas irrefutables que respalden, en términos económicos y ambientales, este enfoque. Razón por la cual se conducen investigaciones, cuyos resultados también pueden servir de guía en otros contextos.

Además de los estudios relacionados con la salud de los manglares, se intenta determinar la tasa de recuperación de un bosque cuando se le eliminan las especies invasoras y se recuperan las propiedades medicinales del suelo del manglar, así como la riqueza de estas áreas tierra adentro.

El beneficio social también se ha hecho evidente. Dada la importancia que se le está otorgando a esta tarea, los salarios de los obreros agroforestales se han multiplicado cuatro y cinco veces. Asimismo, el número de personas que trabajan en estas brigadas, anteriormente compuestas por diez personas, hoy asciende a un promedio de 50, según señala Yaiser Ávila Rodríguez, a cargo del componente de investigación y restauración del proyecto.

La idea es lograr que la comunidad pueda continuar beneficiándose del manglar sin necesidad de recurrir a la tala. Entre las posibilidades que ya se manejan está la producción de miel, el cultivo de esponjas para la comercialización y fangos medicinales.

Por supuesto, todas estas iniciativas aun requieren el empujoncito del uno por ciento del presupuesto destinado al desarrollo local, para convertirse en una alternativa real de sustento.

Rafael Núñez Hernández, poblador de Boca de Cajío, en Artemisa, trabajador forestal y uno de los fundadores del proyecto, reconoce que se han ampliado las posibilidades de la comunidad. “Los pescadores tienen más presas, hay más trabajo y la gente se siente más segura”.

Los manglares son ecosistemas abiertos, con un constante flujo de materia y energía que brindan, de alguna manera, beneficios a los ecosistemas adyacentes como pueden ser los pastos marinos y arrecifes coralinos; de ahí que los pescadores del área perciban un crecimiento en su actividad.

Todo esfuerzo que hoy se realiza, intenta contrarrestar esos llamados daños colaterales del desarrollo. Para evitar que la historia de la humanidad sea un constante ir y venir sobre sus propios pasos, tal vez sería preciso prestar un poco de más atención a esa huella antrópica de la que tanto se habla y que siempre regresa para cobrar sus cuentas.

(Tomado de Bohemia)

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